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  • Néstor Barbosa

El metal de los fantasmas

El otro día una amiga me contó una historia que llamó mi atención. Como estoy inmerso en la escritura de la novela Riquiño, la cual es más un viaje interior de sanación que una novela sesuda, transcribiré en este post dicho suceso con la intención de crear una moraleja totalmente ambigua.

Así comienza El metal de los fantasmas:

—Ya era de noche cuando dejé las últimas cajas de la mudanza en el salón. Estaba tan exhausta que decidí ponerme una copa de vino para evadirme de ciertas preocupaciones. Me senté completamente a oscuras en el sofá aún plastificado para deleitarme con la sedación que me provocaba el primer trago de alcohol. Una luz proveniente del edificio de enfrente me despertó de la ardua tarea que implicaba ordenar aquellos difíciles pensamientos para entrar de pleno en la realidad. Abrí las ventanas y con la copa en la mano me asomé al balcón escudriñando cada uno de los interiores iluminados por la privacidad de mis vecinos. Al verme en tal estado, un chico de nuestra edad me saludó de forma autómata con una sonrisa de oreja a oreja; una sonrisa preciosa, por cierto. Le devolví la bienvenida alzando la copa como una emperadora en su balcón y me metí de nuevo en el eco del salón para seguir espiando a lo Peeping Tom. Entre los espacios de la contraventana pude divisar a una chica guapísima al lado del joven de la sonrisa. Ambos tenían un extraño comportamiento de indiferencia actuando como si sus presencias no compartieran el mismo espacio. Durante media hora, el tiempo suficiente para terminarme la copa de vino, ni se miraron, ni se hablaron. Pensé que estarían enfadados y no le di más importancia de la que ya tenían mis propias inquietudes. No sé en qué momento me quedé frita en el sofá, pero sí recuerdo el sueño en el que aquella chica me introdujo en un cuadro de sensaciones pintadas con la brocha del onirismo más surrealista.

«La semana transcurrió con normalidad excepto por los sueños que se repetían cada noche. No sabía el porqué de semejante bucle típico de El quimérico inquilino, pero esa mujer me tenía obsesionada. Había algo en el recuerdo de su aparición que me hasta límites insospechados. Así que, el viernes, me senté frente al balcón con la ventana cerrada para indagar en los nuevos vecinos; bueno… realmente la nueva era yo. Tras una hora de espera la pareja apareció en su pequeña terraza. Ambos estaban apoyados en la barandilla mirando al infinito guardando cierta distancia de aproximadamente un metro. Él lloraba desconsoladamente escondiendo su atractiva expresión risueña mientras ella lo miraba con afecto desde una ostensible posición férrea. Por miedo a ser vista examiné en la misma postura a los jóvenes durante aproximadamente una media hora más. Era imposible notar mi presencia debido a la intimidad que me otorgaba la tenue luz del exterior a través de la de la contraventana, pero esa falsa seguridad se disipó cuando la bella mujer fijó sus ojos en mí sin pestañear. Créeme, me quedé tan petrificada que no hice ningún amago por esconderme. Varios escalofríos recorrieron mi cuerpo hasta que no pude aguantar más aquella insondable mirada. Moví mis piernas entumecidas, me levanté lentamente y avancé hasta la cocina para beber un poco de agua fría. Esa noche la brocha del onirismo volvió a pintar de surrealismo mis sueños.

«Mentiría si te dijera que en todo este mes no me he obsesionado con ellos. Es más, no te he visto hasta hoy porque mi casa se convirtió en un absurdo centro de espionaje llena de cajas aún sin desembalar. Me introduje en la vida de mis vecinos desde las rendijas como si ellos formaran parte de la mía. Él siempre actuaba con normalidad en un “día a día” sin más anomalías que la de llorar todas las noches en el balcón, en cambio, lo de ella era inaudito; se comportaba como si fuera una fiel sombra. Ni hablaba, ni comía, su existencia solamente se limitaba a observar los movimientos del chico sin participar. Nunca la vi tomar asiento, y su andar era algo pesado. Examiné con los ojos entrecerrados sus tobillos por si tuviera algún elemento de metal que impidiera la libertad de sus movimientos, pero nada. Eso sí, su mirada era tan indeleble que hoy en día aún la albergo en mis sueños. Y conociéndome como me conoces sabes que, antes de volverme loca, prefiero tirarme a una piscina sin agua para conocer la verdad.


«La sorpresa llegó cuando hace dos días me encontré en la calle con el chico de la sonrisa bonita. Enmudecí ante su presencia disimulando la congoja que me provocaba, pero tenía que tirarme a la piscina de cabeza. Y joder… no estaba vacía amigo… estaba hasta arriba del agua más turbia y misteriosa de lo que nunca hubiera llegado a imaginar. Hablo mucho de la sonrisa del chico, y lo hago porque gracias a ella pude contarle sin resultar una impertinente mi versión de La ventana indiscreta. No te vas a creer lo que pasó, yo creo que nadie lo hará. Bueno, tú sí.

«Nos tomamos un café y en lo que la cucharilla daba vueltas el joven me contó sin reticencia a mi espionaje su historia. Resulta que él vivía solo desde hacía unos cuantos meses después de la desaparición de su novia. Ella había salido a correr un día y nunca volvió a casa. Todas las noches, justo a la hora en la que dejó de verla, salía al balcón a esperar la llegada de un reencuentro que nunca había llegado a suceder. Yo lo escuchaba callada con las manos temblorosas sujetando la taza de café y él me suplicaba que le detallara con exactitud mi experiencia como espectadora. No dudé, y aún atónita por la historia que se estaba forjando ante mí, le conté todo. Cuando le describí al detalle la imagen de la mujer que observaba sus pasos, y a su vez esporádicamente los míos desde la ventana, él enmudeció. Varias lágrimas brotaron en sus mejillas y con tartamudez en el habla me repitió sin cesar: “Es ella, es ella, es ella”.

«Ayer fue la primera noche desde que entré en mi nuevo hogar que no soñé con ella. Por lo que pude leer al ver su foto en el periódico, hoy hallaron su cuerpo sin vida, por lo visto cogió la ruta equivocada y cayó por un sendero que nunca debió de existir… No sabía cómo actuar y me vine corriendo hasta tu casa… Lo sé, tu cara es el reflejo de la mía… ¿Crees que existen los fantasmas? Y si es así, ¿ella me avisó de algo en sueños?, ¿sigue viviendo en la casa del chico de la sonrisa perfecta sin saber lo que ha pasado?, ¿me estoy volviendo loca?, ¿me he sugestionado?, ¿qué hago?

Digerí la historia con dos calmantes, uno para mi amiga y otro para mí. Tenía escrita una conclusión tipo metáfora de estilo ambiguo tal y como anuncié en el comienzo de este post. Pero la inmersión en la que estoy con mi novela no me ayuda a encontrar un razonamiento locuaz. Quizá me haya inventado esta historia para salir de la realidad mediante esta ficción que, en cierto modo, tiene una parte interesante para reflexionar. «¿Y si vemos sin saberlo a fantasmas pensando que son personas con una existencia palpable?». Yo quiero pensar que sí. Y ya que la respuesta es afirmativa concluyo con la siguiente reflexión: Desde la inconsciencia y desde el miedo al olvido los vivos ponemos un pesado metal a nuestros fantasmas para que nunca se marchen de nosotros, porque los recuerdos que perpetúan están constituidos por muchas aristas de dicho material.


Rear Window: Directed by Alfred Hitchcock, with James Stewart and Grace Kelly. 1954.

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