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  • Néstor Barbosa

Como quien toma LSD en el metro

Antes de salir de casa comprobé cuatro veces que la luz del estudio estuviera apagada. Ni una, ni dos, ni tres; sino hasta cuatro veces fueron las necesarias para echar la llave a la cerradura. Tal hecho me devolvió, como si el reflejo de un espejo roto se tratase, la imagen de un ser convulso, maniático y obsesivo. No pensé en ello porque mi única prioridad era llegar a mi destino con la paradoja de «poder vislumbrar la penumbra de mi estudio».


Si hablamos de números, quince eran los escalones necesarios para bajar a la línea nueve; cinco, las paradas que marcaban la distancia entre mi casa y el cine; y veinte, los minutos que necesitaba para llegar puntual a la tercera sesión de la tarde. Pero la suma de todos eso números puede convertirse en una resta cuando cualquier inconveniente, como el descrito a continuación, aparece sin previo aviso.


Con atención y cuidado, nada más apoyar el pie entre coche y andén, recordé que me había dejado las pastillas de Rivotril en un oscuro cajón del estudio. En ese mismo instante mi mente dejó la facilidad de aquellos números y construyó un espacio a medida para las ecuaciones de Navier-Stokes conocidas por su difícil solución.


Por lógica intenté tranquilizarme con las tácticas más conocidas y supuestamente más eficaces contra la ansiedad. Respirar e inspirar; nada. Fijarme en las miradas muertas de los transeúntes clavadas en sus móviles; nada. Notar la piel de las manos mediante el poder de la fricción; nada. Poner sonidos ambientales en los AirPods para conectarse con una realidad menos ficticia que la de los móviles de los transeúntes; nada. Dejar de pensar; siempre imposible.


En la tercera parada vacilé en bajarme, pero tras la parálisis provocado por los fallidos intentos para calmarme solamente me quedaba sobrevivir al viaje como el neófito en drogas que decide probar LSD en el metro. No sabía si conseguiría llegar al cine sin las pastillas, así que me propuse al menos disfrutar del corto viaje que me ofrecería la falta benzodiacepinas en mi sistema nervioso central. Las frías gotas que recorrían por la sien inmovilizaron los músculos de mi cuerpo sobre un suelo de hierba verde con altos tallos de cincuenta centímetros de altura. ¿Sabéis cuando el vagón toma una curva y comienza a crear movimientos serpentinos durante unos hipnóticos e intensos segundos? pues así me encontraba yo caminando entre la multitud a cien quilómetros por hora con una señora detrás de mí preguntándome: «¿Vas a salir?». Por cierto, el rostro de cada pasajero se desdibujaba en la velocidad del tiempo. Aunque todo tiene un cariz muy poético, que nadie se confunda, porque el precio a pagar es el de vivir de forma intermitente en una auténtica pesadilla.


Al final, saltándome los escalones de dos en dos, encontré el éxito en el aire de los alrededores del cine. Exhausto bebí dos vasos de agua como, repito, el neófito que toma LSD en el metro y sin hacer un juicio objetivo sobre las drogas, pensé, o me autoconvencí, de que el Rivotril no era una de ellas. ¿Sufrí los efectos de una droga ante la falta de esta? No lo sé, porque no había conseguido encontrar una solución a las ecuaciones de Navier-Stokes.


Entré en la oscuridad de la sala y me acomodé en una de las butacas intentando mitigar el dolor producido por la tensión muscular. Y cuando en la pantalla aparecieron los títulos de crédito iniciales me sumergí en la mentira de la ficción, porque gracias al cine siempre he tenido un lugar donde vivir sin necesidad de benzodiacepinas.


Vertigo: Directed by Alfred Hitchcock. 1958.

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