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  • Néstor Barbosa

¿Por qué besarse en el espejo?

Nadie la conocía con la profundidad necesaria excepto el alcohol destilado de marca blanca que rellenaba el vacío de cada copa cúbica servida. Todos los días se acercaba al mismo bar para tomar un largo trago, el cual no era más que un refugio de dudosa seguridad donde esconderse de explicaciones terrenales.


Su soledad no era un tatuaje grabado en la frente, pero quien decidiera detener el tiempo para escudriñar su mirada encontraría en ella un texto inefable y afligido propio de los que han perdido sin previamente haber ganado. Ajena a ello y en la ebriedad del último poso se dirigió al servicio para notar el agua fría en su rostro. Con las gotas deslizándose en el espejo, comenzó a observarse sin ninguna exención sobre sí misma y sus circunstancias.


Con la poca lucidez que se le concedió elucubró ante un mayestático reflejo las siguientes palabras sin aparente conexión: «La falta de cariño es como un virus. Quien tiene falta de ello se junta a cualquiera haciendo que, este cualquiera finalmente repita sin quererlo la operación del primero ante su inminente ausencia. Pero, ¿alguien tiene la culpa?».


Entre dichas conjeturas impías deseó besar sus mejillas en el espejo para sentir la falsa sensación de compañía que surge con el autocuidado. Pero la imposibilidad de tal acto frustró cualquier otro tipo de intento ya que, como un haz de luz, la absurda respuesta llegó para concluir de manera taxativa. Porque nadie, ni la persona más cercana a la filantropía, puede besarse en un espejo en otra zona que no sea sus labios. Ese beso imposible hacia otro lugar, incluyendo en el caso de no estar solo frente a él, te devuelve el reflejo de lo que somos; seres egoístas, egocéntricos y a veces hasta con cierto punto de empatía impostada.

Si en un espejo solamente te puedes besar a ti misma en la boca, la ebriedad buscada en aquel bar mutó en una necesidad imperiosa de salir corriendo, llegar a casa y no volver nunca a ese lugar donde la soledad carecía de compañía.


Se sintió lasa, pero libre, al comprender por ella misma el mensaje inefable que dichosos ojos siempre intentaron ocultar.


Chicago: Directed by Rob Marshall. 2002.

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