Buscar
  • Néstor Barbosa

Las patatas fritas de mamá

Actualizado: may 11

Recuerdo cuando los domingos desayunaba con mi madre fuera de casa. Tenía la edad suficiente para sonrojarme si iba sujeto a su mano, pero la necesaria para seguirle como un patito a cada movimiento que realizaba. Su sitio favorito para tomarse un café con leche, ni muy caliente, ni muy frío, era la cafetería El bohemio en el centro de la ciudad de Ourense. Yo pedía dos tostadas con un tono dorado imposible de conseguir en casa, y un zumo de naranja recién exprimido. Mientras ella leía el periódico, yo observaba las fotografías de todos los dominicales. A veces le preguntaba quien era quien, y madre siempre contestaba con sinceridad, porque Ana es la confirmación de un palíndromo único en su especie.


Mujer sensible, fuerte, amiga de las causas ajenas, desordenada, culta, insoportablemente justa, amante de las discusiones, libre, enemiga de la normalidad, futurista, surrealista y eterna joven. Ana se pinta para gustarse a sí misma, pero también para gustar al resto de los mortales que caen rendidos ante la gran luz cegadora que desprende. Solo ella sabe mostrar una naturalidad inaudita bajo una mirada de perfecto eyeliner. Ojos castaños de insondables conclusiones. Nadie sabrá nunca en que estará pensando.


Retomando la escena en El Bohemio, vuelvo a las páginas de aquellos dominicales, y al olor de las tostadas recién servidas. Había días que, como buen hijo, evitaba preguntar qué menú tocaba aquel día en casa. Pero aquel domingo me arriesgué y salté sin casco, porque la respuesta que iba a recibir sería mi favorita.

—Patatas fritas, con huevos y salchichas —dijo Ana sin levantar la mirada del dominical y dejando la marca del carmín en la taza de cristal.


Como gallego, la ilusión a veces se lleva por dentro, pero escuchar las palabras «patatas fritas» me alegró visiblemente el resto del día. Creo recordar que, así era como las tostadas ya no necesitaron más mermelada de fresa. Es curioso, como un domingo tan simple, puede aguantar tanto el paso del tiempo y convertirse en un recuerdo recurrente.


Ayer, solo en casa, intenté recrear las patatas fritas de mi madre. Mismo corte a la juliana, semejante marca de aceite, temperatura correcta, tiempo suficiente de fritura, emplatado sin pretensiones, y similares deseos para engullir. Mojo la primera patata en la yema del huevo y se rompe casi siempre de la misma manera. Las salchichas las corto con el tenedor y dejo para el final un bocado de los tres ingredientes juntos impregnados en aceite. El pan es necesario cuando el recuerdo no vuelve tan nítido. Friego los platos, me siento en el sofá, pero… ¿Sabéis una cosa? No hay ningunas patatas fritas tan ricas como las de mi madre. Y no estoy hablando de sus dotes gastronómicas, ni de sabores ampulosos que explotan en el paladar. Estoy diciendo que ese plato, de aplastante sencillez, solamente está completo si una madre se lo realiza a su hijo cualquier domingo de mes, después de pasar un día entero juntos.


Por cierto, he descrito a mi madre en el segundo párrafo desde el punto de vista de un niño. Pero se me ha olvidado lo más importante; Ana es sobre todas las cosas… mamá.





0 vistas