Buscar
  • Néstor Barbosa

La muñeca de Hipnos

Hubo una noche en la que Nix se durmió de una manera extraña. Las elucubraciones más absurdas y los problemas inexistentes sobre hechos futuros que aún no habían surgido la dejó en un estado catatónico. En mitad de la noche se despertó con la necesidad de ir a comprar una tableta de chocolate. Se puso el abrigo por encima del pijama de dos piezas y calzó torpemente sus pies con las primeras zapatillas deportivas que encontró. El aspecto era lo de menos, lo importante era el chocolate.

Nix desconocía con exactitud la hora, pero caminó vacilante hasta el primer establecimiento que encontró. Los grandes almacenes rezaban, fallidamente iluminados con un parpadeante letrero, la palabra Tánatos. La necesidad ganó a la curiosidad, y pese a que la mujer nunca llegó conocer la existencia de dicho lugar entró sin preámbulo. En el interior no había ni una sola persona realizando compras, tampoco era normal encontrarse con gente en esas horas tan intempestivas, pero Nix percibió en el ambiente una oquedad ajena a la realidad. Cuando quiso abrir los ojos para entender aquella sensación, la voz de un hombre la interrumpió súbitamente llenando el vació que había en Tánatos.

—¿Busca algo en especial, Nix?

—¿Me conoce?

El hombre soltó tal carcajada que algunos paquetes de chicles del mostrador cayeron al suelo con un sonido ensordecedor. Nix se quedó sin palabras. El silencio nació tras la caída libre del último chicle que estaba cerca de la caja registradora. El hombre apoyó los codos adoptando una posición aparentemente distendida.

—Claro que lo conozco. Conozco perfectamente a todas las personas que entran aquí. La realidad es que les cuesta más llegar a entender quién soy yo. Pero pienso que usted lo está empezando a comprender. Venga, dígalo.

Nix sintió y no pensó, así que se acercó al hombre y exclamó:

—¡Dios!

Los rasgos del hombre comenzaron a feminizarse mientras la luz de Tánatos comenzó a ser más tenue.

—Pensaba que iba a tardar más en llegar hacia esa conclusión. ¿Se acuerda del otro día cuándo vio My Mexican Bretzel y se quedó con una de sus frases? ¿Cuál era?

—Creo que… «Dios también duda de tu existencia».

—Y le hizo pensar, ¿verdad? ¿Ahora usted duda de la mía? Porque yo de la suya nunca, Nix, nunca.


—No, pero no entiendo que hago aquí exactamente. Yo solamente quería un poco de chocolate porque estaba teniendo una pesadilla terrible.

—Y no lo recordará, pero camino aquí un coche la llevó por delante y tras cinco minutos ha aparecido aquí, en el cielo —dijo ahora la mujer, antes hombre, sin ningún tipo de tacto, y tras notar la perplejidad de Nix continúo hablando—. Tranquila, esto no es el aspecto real del cielo, es igual que en su imaginación. Una enorme playa como la de la película El árbol de la vida. Pero no se asuste, excepto por la seguridad de que ya no va a morir, y por ese escenario que imagina, el cielo es igual que la tierra.


Nix se dejó llevar. Sintió que aquel gran golpe era el último, y por lo tanto, ahora solamente habría que dejarse llevar. La desazón dejó paso a la esperanza, había alguien en la playa que necesitaba volver a ver. Estaba segura de que Hipnos se encontraría en ella. Hacía cinco años que se había ido.

—¿Cómo llego hasta la playa?

—Cuando apague las luces de Tánatos por completo. Pero antes ha de saber dos cosas: Uno; «los que se han ido» pueden volver a este lugar para ver todo lo que quieran de los vivos, y dos; recuerde que aquí los sentimientos y las necesidades son las mismas. Recuérdelo, Nix.

Nix no escuchó punto por punto. Quería ver a Hipnos. ¿Sabría ella todo lo que la habría extrañado? El hombre antes de poner el dedo en el interruptor la miró de soslayo y le preguntó.

—¿Quiere firmar un seguro de muerte?

—¿Para qué sirve?


—Si se lo pregunta, no lo necesita. El chocolate ya lo tiene en la mano. Suerte —afirmó y pulsó el interruptor.

El olor a mar impregnó sus orificios nasales. Una dulce melodía proveniente de las manos de un hombre que tocaba un piano enterrado en la arena la hizo acercarse mientras mordisqueaba la tableta de chocolate. Al llegar hasta las notas musicales ya estaba saciada.

—Perdone por interrumpirle, pero ¿conoce a Hipnos?

El hombre paró de tocar el piano dejando a las olas interrumpir el silencio. Sin apartar la mirada de las teclas le dijo:

—No puedo ver, pero sí sentir. He tocado muchas muñecas y la de Hipnos es inolvidable. Tiene que estar cerca de aquí. A ella le encanta escuchar mis canciones.

Nix guardó el envoltorio de la tableta en el bolsillo del abrigo mientras escuchaba atentamente las palabras de aquel hombre que le resultaba tan familiar. Una voz femenina, perfectamente audible y reconocible, surgió tras sus espaldas.

—Sabía que vendrías a buscarme.

Nix casi se desmaya cuando, después de tanto tiempo, volvió a admirar la belleza de Hipnos. Una belleza que tenía casi olvidada. Se abalanzó para darle un abrazo. Le susurró «Te quiero» en su oído izquierdo. No hubo contestación por parte de Hipnos.

—Te he extrañado. Pero me he enamorado en esta playa de otra persona.

—¿No has visto cómo lo he pasado yo? En Tánatos me dijeron que allí se puede ver todo lo que uno quiera de la tierra. ¿No has ido en todos estos cinco años?

Nix enmudeció cuando entendió que tras varios años aquel interrogatorio resultaba insolente.

—Lo he hecho cada día, y noté una pena que jamás sentí cuando estaba viva. Pero… lo entenderás. Aquí todo es igual, pero a la vez distinto. Tienes que aprender a continuar sin mí, por ti.

Nix realizó un pequeño, pero no por ello menos importante, apunte antes de despertarse.


—Jamás pienso olvidarte, ni un segundo.

El mar se fue por un sumidero. El cielo se apagó. La melodía del hombre dejó de sonar. Hipnos desapareció junto la espuma. Y la arena tragó a Nix hacia lo más hondo.


La luz de la mañana despertó a Nix de aquel peculiar sueño. Ella se convirtió en día y con el café en la mano pensó en cada detalle de aquel, casi real, reencuentro. Llegó a un hecho intangible: «Hipnos ya no está. Pero yo necesito aprender a creer para poder seguir». Dejó la taza en la encimera y limpió sus comisuras de los restos de una tableta de chocolate que en su día supieron a gloria.


Photography: Dezha Glasses - The Body Glass. Vía Tumblr.

439 vistas0 comentarios