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  • Néstor Barbosa

El VHS de mi escritor nostálgico

Los videoclubs han desaparecido, y con ellos el poder del descubrimiento. Es cierto que existe Netflix, HBO, Amazon Prime o Filmin (entre otras plataformas), para elegir entre un amplio catálogo audiovisual con el que deleitarse. No estar solo un domingo va a convertirse en un derecho humano, aunque nuestro único acompañante sea la falsa presencia de un personaje perdido en la ficción de su historia. Y no digo que todo esto sea estupendo, pero quiero volver a la primera oración de este párrafo para hacer hincapié en mi leitmotiv favorito: La nostalgia de los videoclubs.


Desde los ocho años recorrí, durante una década, las estanterías repletas de VHS sin ninguna finalidad de encontrar algo específico. Pero aquel acto tan naif se encargó de convertir tal búsqueda en uno de los hallazgos más potentes. El cine me salvó mediante historias que no existían en Ourense. Bueno... quizás esto haya cambiado por el surrealismo de la política actual de su ciudad.


Lo esencial es que alquilaba todo lo que caía en mis manos. Daba igual el género, los actores, el año de producción, la nacionalidad o el director. Lo único que necesitaba era la libertad que me ofrecía sentir otras vidas que no eran la mía. Los pasillos del videoclub del parque se convirtieron, sin ellos saberlo, en la posibilidad de elección más vital para mi corta edad. El gran museo de los grandes y pequeños guiones se abrían de par en par para mi necesario y apabullante conocimiento. Nadie puede negarme que aquel significado tan especial se ha perdido en el interior de una pantalla de televisión. Tampoco voy a discutir sobre la obra maestra que era, es y seguirá siendo Jumanji.


Empecé a escribir gracias a todas las carátulas que no tenían vida, porque aún no había conocido su el significado de su interior. Así que, cuando el dinero de la paga semanal no me permitía alquilarme las suficientes películas, como para saciar la curiosidad que yacía en mí; creé mis primeros relatos de terror. Absurdas historias de adolescente repletas de gore y situaciones descabelladas que ya nadie podrá juzgar con los ojos de un niño. El título de uno de ellos era “Esa casa me da escalofríos”. (Algún día lo recuperaré para convertirlo en una novela worst seller).


A punto de publicar mi segunda obra literaria “La víspera del fin del mundo”, vuelvo a pensar en mi versión más reducida eligiendo los mejores posters para llegar a casa y poder desarrollar mi pasión más confesable: Crear.


¿Por qué no vuelven los videoclubs físicos? No lo sé, lo único que me queda es escribir sobre ello. Aunque la carátula de mi pubertad ha sido desdibujada por el odio ajeno, deseo que algún día mis palabras sean tan fuertes como para no borrar el último trazo de nostalgia que nos queda.


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