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  • Néstor Barbosa

El misántropo de mantequilla

Actualizado: may 11

Creo recordar que era un lunes cuando leí en las noticias sobre el nuevo fenómeno asignado como: El síndrome de la cabaña. No presté mucha atención al texto, solo me digné a untar la mantequilla en las tostadas, y a observar como las altas hierbas rozaban contra los cristales de mi ventana. Fin de la historia. Me adelanto, una semana más, a los acontecimientos descritos a continuación tras una conversación conmigo mismo, en diferentes tiempos, y rozando una interpretación al más puro estilo Alguien voló sobre el nido del cuco.


— Cuando los seres humanos comenzaron a salir al Nuevo Mundo, me entregué a la ardua tarea mental de deslizar con el dedo las historias de Instagram. En La noche de los muertos vivientes las supuestas bestias no corrían, todo lo contrario, caminaban torpemente con una lentitud casi tranquilizadora. Pero lo que vi en las redes sociales eran zombies a la altura de la versión más modernizada de Zack Snyder. Incluso, alguno de ellos, la mayoría, se sacaban selfies con la mascarilla puesta como un nuevo complemento con el que frivolizar. Yo, en cambio, sigo sin conseguir salir de casa.


Estos dos meses me han servido para descubrir que soy un auténtico misántropo. Independientemente de los grupos de whatsapp, las videollamadas o las fotos caritativas; son las opiniones ajenas a mi realidad las que me resultan más nauseabundas. ¿Me estaré volviendo un intolerante de lo que se supone que alguien espera de mi? Lo peor de todo es que caigo en la trampa de transmitir mis más sinceros pensamientos por audio, siendo consciente del facilón cartel que se me coloca en el cuello con la palabra escrita: HATER. La verdad es que ni me aprieta, ni me ahoga, ni me pesa. Lo descuelgo con cuidado, le doy la vuelta y escribo por encima la siguiente opinión: El ser humano utiliza comportamientos «políticamente correctos» para esconder un astuto «efecto señuelo». Somos el James Stewart de las ventanas indiscretas de nuestro vecindario, para finalmente convertirnos en el Norman Bates de las calles. Y esto sigue siendo así, ante cualquier problema que deja de ser propio.


No es un hecho inédito confirmar que el Nuevo Mundo, es exactamente idéntico al Viejo Mundo. Quizá haya surgido un factor considerable que lo diferencie: Los malos volverán siendo más malos, y los buenos volverán siendo menos buenos por culpa de los malos. Acortando el significado de este trabalenguas, nace una conclusión básica: la maldad se volverá más prolífica. Y punto.


Volviendo a las tostadas con mantequilla de aquel lunes, recuerdo que El síndrome de la cabaña resultaba ser simplemente «miedo a salir a la calle». Literal. ¿Y por qué nada de ello me asusta? Pues... porque por culpa de aquellos que me colgaron el cartel de «Maricón», en el sentido más peyorativo de la palabra, mi preadolescencia se pasó en cuarentena durante años. Pero no pasa nada, mañana saco los dos carteles a la calle, y los tiro a la basura. Uno está olvidado, y el otro tachado. Menos mal que en casa me espera algún buen recuerdo colgado en la pared, y no en mi cuello, al que poder recurrir en la soledad que me regala el pasado.


*Si piensas que este post me convierte en una persona negativa, no me cuelgues otro cartel tan rápido, y apúntate a la religión de los coaches personales.



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