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  • Néstor Barbosa

El agorero risueño

Querido _:


Anoche, concretamente de madrugada, leí uno de los relatos que componen Manual para las mujeres de la limpieza de Lucía Berlín y me quedé dormido en una falsa sensación de calma. Creo que este blog se está convirtiendo en una especie de diario. Palabras de intenciones volátiles. Escribe y punto, me digo. Ya está. Intento no darle más vueltas.


Cuando me desperté sobresaltado caminé hasta la cocina para prepararme un café. Doble, porque siempre hace falta. Un gato negro se acomodó en el alféizar de la ventana escudriñándome en silencio y con una cierto aire suspicaz. De golpe, y de la forma más indefectible, recordé la pesadilla que había sufrido entre los sudores nocturnos de un Madrid del 2020. Nada reseñable. Solamente pequeños resquicios de un pasado que aún sigue en el lugar equivocado. El poso del café se esfumó. El gato negro también. Pero yo empecé a ser un agorero risueño.


En el salón sonaba de fondo City of Light de Palatine. La canción se convirtió en la banda sonora del día. Me quité la camiseta para tumbarme en el sofá. Cogí el móvil con un 2% de batería. Yo tenía menos. Abrí una conversación banal y la pantalla se puso en negro. Mi última frase escrita desapareció: Ahora lo que queda es ir cuesta abajo. Quise ser condescendiente con mis pensamientos, pero me fue imposible. Un motivo nuevo para caer en la superstición más tópica, así que decidí no cargar el móvil en toda la tarde.


Estaba fumando un cigarro en la ventana. Las únicas luces que habitaban en la cocina procedían de las farolas del mundo exterior. Hace tiempo que no entro él. Empecé a tambalearme sobre mi propio peso. Motivo por el que, en un movimiento torpe, el cenicero se hizo añicos en el suelo. La ceniza voló hasta mis pies. Sentí que aquel insignificante altercado se había convertido en la señal que faltaba para confirmar mi mal augurio.


En cama pensé en lo poco que había hecho durante el día. Autoflagelación de sobra conocida por mi pluma. Soy más del tipo de pensamiento divergente que del convergente. Divagué en la profecía del agorero. Nunca se cumplió. Aquel día acabó sin ninguna noticia mala. La novela me estaba gustando, se notaba que no la había escrito yo.


«Creo que por haber sido tan perspicaz con aquellos hechos mínimamente catastróficos, conseguí olvidarme de la existencia de los milagros. Seguramente como estoy tan ocupado en ser ese agorero risueño, el milagro ha sucedido y ni me he percatado de él» Pensé así, querido. Pero nadie apareció bajo el arco de la puerta.


Palabrota. Se me ha caído el bolígrafo del lado opuesto. Este post nadie lo va a leer. O sí.


Atentamente:

La mirada del gato negro.



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