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  • Néstor Barbosa

Alguien adivinará lo nuestro

De pequeño era un mentiroso, pero a su vez desconocía el hecho de que en algunas mentiras se encontraban las herramientas perfectas para construir historias. Cuando empecé a utilizar algunas falacias como ficción, y no como arma arrojadiza, entendí que quería ser escritor. En la adolescencia ese renacimiento se configuró como un hecho categórico. Así que, a continuación, una de tantas historias que nacieron de las pequeñas mentiras de un niño que no sabía nada sobre el dolor que va implícito en la verdad. Eso es, mentir para poder mostrar una verdad.

Érase una vez un chico perdido en las redes sociales. Deslizaba el dedo varias veces al día asombrado de la facilidad con la que se podía observar la vida de los otros. Vidas aparentemente perfectas, ostentosas y de una productividad alucinante, por no decir acuciante. Cuando en su lista de reproducción comenzó a sonar «Quiero saber» de Odyssey entendió que no quería ser un mero espectador de historias ajenas. El chico, que no tenía nombre, quería ser el centro de todas las miradas. La curiosidad no le resultaba atractiva; la atención sí. El problema es que no sabía cómo llegar a tanto público sin hacer lo que todo el mundo hacía dependiendo de la tendencia semanal. Un día de espesas nubes fabuló y confabuló consigo mismo para emprender alguna de sus insulsas ideas para tener éxito en las redes sociales. Mientras pedaleaba con intensidad, un rayo repentino cayó sobre su cabeza. Tal fue el impacto, que su cuerpo sobrevoló tres coches aparcados en fila. Ya se sabe, en todos los cuentos los fenómenos meteorológicos son los encargados de convertir a nuestros protagonistas en superhéroes. En este caso, el chico tumbado en un pequeño maizal tardó varias horas en recuperar la consciencia. Desorientado volvió tambaleante hasta su casa deslizando la vieja bicicleta. Se tumbó en la cama, y se quedó dormido.

Pasaron los días y el chico seguía intentando con anhelo un gran feedback en las redes que, obviamente, solo consiguió en algunos amigos que tenía en el bar de debajo de su casa al que les robaba la clave del Wifi. El éxito seguía midiéndose en likes, en corazones que ya con hacer click perdían cualquier significado. Exhausto de tanto seguimiento, el chico se fue a dormir una noche en la que los rayos se habían escondido y tuvo un extraño sueño que recordó al día siguiente con tal perfección que apuntó en un papel el nombre, número, fecha y hora del fatal accidente. Sin cuestionárselo interpretó el sueño como una premonición; sabía que a tal día, a tal hora, tal avión y de tal compañía, tendría un fatal destino. Pensó y pensó notando los efectos aún latentes del rayo en su cabeza. ¿La conclusión? Hacerse una cuenta de Instagram llamada @vidente3020 y subir una story anunciando su primera videncia acompañado del hashtag #alguienadvinaralonuestro. Eso sí, antes de publicar tal premonición cuidó hasta el más mínimo detalle de la estética: sencilla, pero reconocible. A las cuatro horas lo compartieron veinte conocidos suyos, de esos veinte llegaron a otros aún menos conocidos, y así hasta que las notificaciones subieron los números a tres dígitos. Ahora tenía la atención que él merecía tener. Privados, likes, seguimientos, aceptación y captación.

Llegó el día anunciado, y el avión cayó en el despegue. Si esto fuera la realidad seguramente la policía se hubiera puesto en contacto con el joven, pero como no lo es, el mundo tras la pantalla del móvil se encargó de viralizar el hashtag #alguienadivinaralonuestro y la expectación creció hasta convertir su perfil en uno de los más seguidos del mundo. Una predicción más, y llegaría al número uno. Las peticiones sobre nuevos pronósticos del inusual vidente llegaban desde todas las partes del planeta. El chico cada noche cerraba fuertemente los ojos para soñar con algo que le fuera útil, como si dormir fuera el trámite hacia el futuro. En el crepúsculo apuntó dos posibles homicidios de grandes cargos de la política. Al minuto de subir ambas predicciones, los damnificados nunca llegaron a serlo, y los criminales solamente pudieron perpetrar los asesinatos en sus encarceladas mentes. Nuestro chico ya era el más seguido de Instagram, y el nuevo héroe mundial. Es lógico, todos necesitamos alguien a quien odiar, y alguien a quien amar. @vidente3020 nunca llegó a mostrar su identidad, porque si hay algo que nos regala las redes, es la capacidad de vivir sin existir.

En otro lugar del mundo cayó un rayo en una chica mientras nuestro chico seguía soñando con nuestras predicciones. Pero ese rayo nunca se introdujo en sus sueños. La chica sintió una especie de revelación divina con un claro propósito: no librar a nada ni a nadie de las predicciones de @vidente3020. Pensó que, si la vida no continuaba con el orden natural de las cosas, el futuro nos ofrecería nuevas sorpresas para compensar las salvadas. Como cuando en las películas los actores viajan al pasado, cambian por error una piedra de sitio, y al volver al presente nada es lo que era. Eso pensó y pensó. La chica se hizo un perfil bajo el seudónimo @tufuturo1515 y creó el hashtag #quienviviramañanasinomorimoshoy, un tanto largo para crear engagement, pero funcionó.

El chico anunció un nuevo posible incidente, su muerte en un accidente de coche. No lo llegó a pensar, directamente lo subió al perfil. Él, bajo una férrea convicción sobre su salvación, nunca llegó a salir el día de su posible epitafio. Pero ella, al enterarse, fue hasta su casa para ejercer la función del equilibrio; era la mariposa del propio efecto. Cuando ambos se encontraron el destino cambió. La chica le contó sus intenciones sustentadas en múltiples argumentos. Él suplicó que dejara salvarse de la predicción, y ella le dijo que solamente por esa vez. No le perdonó la vida, porque la vida ya le había perdonado, pero nunca volvió a predecir, ni en sueños, ni en Instagram. Paradójicamente se hicieron amigos, e intentaron unificar los perfiles sin ningún éxito. Los seguidores bajaron, los likes desaparecieron y la curiosidad incrementó drásticamente. Nadie tenía miedo de lo que iba a pasar en el futuro, porque no existía ninguna certeza. Vivir sin el adivino parecía incluso peligroso. A los meses lo que parecía dejó de parecer y la gente volvió a vivir sin la incertidumbre. Nuestro chico murió de pena por no sentir la atención de aquellos seguidores que ni conocía. La chica entendió que la muerte no vino con el accidente de coche, sino con el orden natural de las cosas. Lloró su pérdida hasta que los rayos dejaron de iluminar las mentes de ambos. Ese día sonó la siguiente parte de la canción de Odyssey.


This is my life

And I hope this is yours too

We play the guessing game

'Cause we don't know what to do

Questioning our world

Do we want to know the truth?

Who's the one that knows what we need and what we don't?


Photography: Póster «Men, Women and Children» 2014, Jason Reitman.

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